El PRONAFCAP en el año 2009
martes, 12 de mayo de 2009
domingo, 26 de abril de 2009
Falleció Sixto Palavecino

Sixto Palavecino,
Un hombre que enseñó a sus paisanos de santiago del Estero a amar y preservar el quechua, como lengua ancestral.
Murió don Sixto Palavecino, poeta, cantante y, sobre todo, "violinisto"
Salavina. Tenía una manera de decirlo, don Sixto, que hacía que ese nombre sonara especial. Allí, en el sur de Santiago del Estero, pegadito a Atamisqui, había nacido, el 28 de marzo de 1915, en una casa del paraje de Barrancas. "Una población mínima, ranchos. Monte". Así describía su lugar. El primero en el que vivió. Zona de músicos. Desde su abuelo, el Tata Martín, guitarrero, que llegó a los 120, hasta sus hermanos, que tocaban el violín y la guitarra. Padre no había. Y la escuela llegaba a tercero. Tampoco había más. Y en esa tierra que destilaba melodías, un mandato que Sixto no respetó. "No te voy a permitir que aprendas a tocar música. Mañana serás un borracho". La voz de su madre, Petronila, retumbaba en su cabeza, mientras escondido, de rodillas, bajo una frazada, probaba y probaba. Eso sí, "suavecito". Hasta que lo descubrieron. "Qué sabés vos?", lo desafiaron. Y entonces tocó. "Y desde ese día me permitieron", contaba el hombre, muchos años después. Desde entonces, el violín sería su compañero de ruta más fiel. Aunque durante 54 años compartió esa exclusividad con Argelia del Carmen. "Parte de mi vida, Argelia, fiel compañera, mi amada", le cantaba en su adiós, cuando su esposa acudía al "reclamo de Dios".
Alternaba su oficio de músico, en los rezabailes, en las fiestas, con su bolichito, que creció a almacén de ramos generales. Un conjunto primero, otro después. Mientras el hombre se internaba en el monte y se acostaba, ponía su guitarra sobre su pecho, y esperaba que el duende (o el diablo) apareciera. "Se decía que había que hacer eso para aprender música", contaba Sixto en alguna entrevista de 1975, cuando Buenos Aires ya era parte de su vida.
Hubo una peluquería, que heredó de Faustino, su hermano mayor. Y que mantuvo mientras más y más la música se metía en su vida. O al revés. También una pizzería, en Villa Ballester, que apenas resistió seis meses, por los primeros '60. Y hubo que ponerse a tocar. "Entre el 65 y el 69 empezamos a grabar", recordaba, don Sixto. "Tres dobles". Pero las chicas, sus chicas, dejaron de cantar y hubo un momento de silencio. O casi. Porque la peluquería era sala de ensayo, centro cultural. Y, también, un espacio en el que el quechua era reivindicado y arrancado de la vergüenza. "Mucha gente pensaba que era algo atrasado. Yo les decía que no me interesaba que no lo tuvieran en cuenta, que mi vida era mi familia, mi idioma, la música y el canto", confesaría unos años atrás, cuando ya el violín había dejado de sonar. Nacían los '80. León Gieco construía "De Ushuaia a La Quiaca", y en ese trabajo de mapeo musical, el rockero lo buscó hasta encontrarlo. Y Don Sixto entró en la Capital de su mano, con el quechua como bandera.
Era músico, pero también transmisor de una cultura, de una cosmovisión que no restaba. Aparecía en los escenarios y el aplauso lo envolvía. Como años más tarde el olvido. Cumplió sus 94 y los festejó junto a sus hijos y sus más de 20 nietos y bisnietos, en su casa del barrio Almirante Brown, en el acceso norte de la capital santiagueña. Poco tiempo atrás, sus colegas lo homenajearon en el Festival de la Chacarera, en La Banda. Y hubo aplausos. Como antes.
http://www.clarin.com/diario/2009/04/25/um/m-01905589.htm
domingo, 29 de marzo de 2009
Guadalupe siempre
El sábado 28 de marzo, los ex alumnos guadalupanos de diferentes promociones hemos realizado la manifestación pública de nuestra identidad con nuestra Institución Educativa, que lamentablemente desde hace casi diez años viene sumida en el abandono y las más grandes irregularidades administartivas y pedagógicas. A ello se suma la idea planteada por el gobierno central de crear un colegio mayor, desconociendo la trayectoria institucional y los más altos aportes a la educación peruana del sesquicentenario colegio.

Bajo el sol y en medio del caos vehicular cotidiano, los guadalupanos hemos expresado nuestra voz a la ciudadanía.

Bajo el sol y en medio del caos vehicular cotidiano, los guadalupanos hemos expresado nuestra voz a la ciudadanía.
martes, 24 de febrero de 2009
Maestro rural
Entre valles y quebradas camina el maestro de escuela rural.
Maestro rural en Humahuaca, República Argentina
Cuando uno visita centros poblados o caseríos en la sierra, en la costa o en la selva encuentra una constante en relación con la situación y condición del maestro rural: Abandono, y exclusión. Me refiero a aquellos lugares que aun en este siglo XXI no cuentan con lo servicios básicos y cuya economía es de subsistencia precaria.
La dispersión geográfica y el difícil acceso a los centros poblados son las primeras acarcterísticas que se aprenden a afrontar. nada está preparado para acoger al foráneo, para hacerle sentir parte de la comunidad. Algunos viejos maestros dicen que antes (varias décadas atrás) habían más apoyo y las comunidades campesinas aportaban con hospedaje e incluso leña. Muchos docentes optan por vivir practicamente en el bus, porque viajan horas para llegar a la comnidad y ni bien acaba la jornada emprenden caminata hasta encontrar el primer vehículo que los lleve a la ciudad. esa rutina merma su capacidad para dedicarse a programar sus actividades de aprendizaje, a idear nuevas estrategias didácticas... casi sin darse cuenta el docente rural cae en la rutina y en el desgano; los perjudicados son los estudiantes, que hacen sacrificios para asistir a la jornada escolar y sienten que solo han confraternizado un rato y nada han aprendido.
Se reuqieren de políticas que favorezcan la movilización de mejores docentes al mundo rural. Que no sea visto como un trabajo menor o un castigo, del cual quieren slair lo más pronto posible. Hacer que el docente desarrolle sentido de pertenencia y afirme su compromiso con la comunidad demanda de una visión local, regional y nacional realmente decidida a dar a la educación el sitial que le corresponde en tanto es el factor de desarrollo y empoderamiento de los más débiles.
Maestro rural en Humahuaca, República Argentina
Cuando uno visita centros poblados o caseríos en la sierra, en la costa o en la selva encuentra una constante en relación con la situación y condición del maestro rural: Abandono, y exclusión. Me refiero a aquellos lugares que aun en este siglo XXI no cuentan con lo servicios básicos y cuya economía es de subsistencia precaria.
La dispersión geográfica y el difícil acceso a los centros poblados son las primeras acarcterísticas que se aprenden a afrontar. nada está preparado para acoger al foráneo, para hacerle sentir parte de la comunidad. Algunos viejos maestros dicen que antes (varias décadas atrás) habían más apoyo y las comunidades campesinas aportaban con hospedaje e incluso leña. Muchos docentes optan por vivir practicamente en el bus, porque viajan horas para llegar a la comnidad y ni bien acaba la jornada emprenden caminata hasta encontrar el primer vehículo que los lleve a la ciudad. esa rutina merma su capacidad para dedicarse a programar sus actividades de aprendizaje, a idear nuevas estrategias didácticas... casi sin darse cuenta el docente rural cae en la rutina y en el desgano; los perjudicados son los estudiantes, que hacen sacrificios para asistir a la jornada escolar y sienten que solo han confraternizado un rato y nada han aprendido.
Se reuqieren de políticas que favorezcan la movilización de mejores docentes al mundo rural. Que no sea visto como un trabajo menor o un castigo, del cual quieren slair lo más pronto posible. Hacer que el docente desarrolle sentido de pertenencia y afirme su compromiso con la comunidad demanda de una visión local, regional y nacional realmente decidida a dar a la educación el sitial que le corresponde en tanto es el factor de desarrollo y empoderamiento de los más débiles.
Oración del Profesor
Otra vez me tienes aquí de vuelta al aula escolar, Señor... Las vacaciones veraniegas han sido un buen respiro para ponerme al día con mis libros, pero la verdad es que he extrañado a los alumnos durante estos tres meses.
¿Por qué los siento tan "míos" a esas chicas y muchachos que Tú, Señor, pones cada año en mis manos?
Los dos sabemos la respuesta: esto que yo siento es "vocación", algo tan natural e innato que no se puede vivir sin satisfacerlo. Vocación o llamada, inclinación o exigencia íntima, ideal o razón de una existencia... el nombre poco importa; lo que importa es sentirlo y, sobre todo, vivirlo.
¿Por qué me gusta ser profesor? ¿Te lo tengo que contar a Ti, Señor, que fuiste quien me dio esa vocación? Tú lo sabes, pero déjame que te lo diga: me gusta, me fascina la profesión de la enseñanza, porque me parece lo más grande que puede hacerse en la vida. Además de en mis hijos, Señor, son centenares y quizás millares de hijos en los que he dejado ya algún rasgo de mi vida. Los alumnos no me llaman padre, solamente me dicen "profe", pero para mí esa palabra encierra tanto cariño, tanto respeto y confianza de su parte, como cuando mi hijo me dice "papi".
Educar, una palabra, una palabra tan preñada de contenido, pero tan poco comprendida... Educar, es decir, descubrir y explorar los filones de riqueza con que Tú, Señor, has enriquecido a cada ser humano, riquezas que en la mayoría de los casos permanecen enterradas, inexplotadas, porque faltó la mano amiga que nos ayudara a descubrirlas. Educar, sinónimo de instruir, pero mucho más amplio y profundo, porque abarca además la formación de la personalidad del educando en las variadas vertientes de la efectividad, del carácter, de la voluntad, de los criterios y actitudes ante la vida.
Es tan amplia, tan hermosa, Señor, nuestra tarea, que a veces con cierta vanidad siento mi profesión como una tarea muy similar a la de tu papel de creador. Ojala pueda yo, y lo mismo pido para todos mis compañeros, cumplir con esta tarea tan fascinante de ser "ingenieros" de las mentes y de los corazones de esos alumnos que sus progenitores nos confían para llevar a cabo junto con ellos, la tarea de la educación.
A veces, Señor, los alumnos me llaman "maestro"... Es un apelativo que a mí me da cierto reparo escucharlo. Para mí el único "maestro" de verdad fue tu Hijo, Cristo. Sólo El pudo presentarse ante los hombres como "camino, verdad y vida". Yo como "profe" me contento con ser una flecha que señale la dirección hacia ese CAMINO, hacia LA VERDAD, hacia LA VIDA.
¿Por qué los siento tan "míos" a esas chicas y muchachos que Tú, Señor, pones cada año en mis manos?
Los dos sabemos la respuesta: esto que yo siento es "vocación", algo tan natural e innato que no se puede vivir sin satisfacerlo. Vocación o llamada, inclinación o exigencia íntima, ideal o razón de una existencia... el nombre poco importa; lo que importa es sentirlo y, sobre todo, vivirlo.
¿Por qué me gusta ser profesor? ¿Te lo tengo que contar a Ti, Señor, que fuiste quien me dio esa vocación? Tú lo sabes, pero déjame que te lo diga: me gusta, me fascina la profesión de la enseñanza, porque me parece lo más grande que puede hacerse en la vida. Además de en mis hijos, Señor, son centenares y quizás millares de hijos en los que he dejado ya algún rasgo de mi vida. Los alumnos no me llaman padre, solamente me dicen "profe", pero para mí esa palabra encierra tanto cariño, tanto respeto y confianza de su parte, como cuando mi hijo me dice "papi".
Educar, una palabra, una palabra tan preñada de contenido, pero tan poco comprendida... Educar, es decir, descubrir y explorar los filones de riqueza con que Tú, Señor, has enriquecido a cada ser humano, riquezas que en la mayoría de los casos permanecen enterradas, inexplotadas, porque faltó la mano amiga que nos ayudara a descubrirlas. Educar, sinónimo de instruir, pero mucho más amplio y profundo, porque abarca además la formación de la personalidad del educando en las variadas vertientes de la efectividad, del carácter, de la voluntad, de los criterios y actitudes ante la vida.
Es tan amplia, tan hermosa, Señor, nuestra tarea, que a veces con cierta vanidad siento mi profesión como una tarea muy similar a la de tu papel de creador. Ojala pueda yo, y lo mismo pido para todos mis compañeros, cumplir con esta tarea tan fascinante de ser "ingenieros" de las mentes y de los corazones de esos alumnos que sus progenitores nos confían para llevar a cabo junto con ellos, la tarea de la educación.
A veces, Señor, los alumnos me llaman "maestro"... Es un apelativo que a mí me da cierto reparo escucharlo. Para mí el único "maestro" de verdad fue tu Hijo, Cristo. Sólo El pudo presentarse ante los hombres como "camino, verdad y vida". Yo como "profe" me contento con ser una flecha que señale la dirección hacia ese CAMINO, hacia LA VERDAD, hacia LA VIDA.
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